Pobre Lagarde

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Christine Lagarde ha sido para mí, durante muchos años, eso que ahora se llama un role-model y antes se habría dicho una mujer ejemplar. Inteligente, ambiciosa, competente. Fue ministra de economía con Villepin y Fillon, y desde el escándalo de Strauss-Kahn es directora del FMI.

Las veces que la he oído hablar en público me ha llamado la atención su forma de expresarse, con aplomo pero sin pretensiones, y sin rastro de esa arrogancia que suelen usar los expertos cuando se dirigen a la plebe.

Naturalmente, como corresponde a los patricios franceses, Christine era también una mujer muy elegante. En contraste con la casta a la que pertenece, sus expresiones y sus gestos mostraban siempre un matiz de dulzura que, al menos en mi percepción, revelaban la bondad de su alma.

Hace unos años, Christine se vio envuelta en un escándalo de corrupción que puso en duda su honestidad, y que se resolvió un tiempo después cuando el tribunal la encontró culpable de negligencia, aunque no le impuso ninguna condena.

No sé que le ha pasado a Christine desde entonces, pero algo ha cambiado en ella. ¿Los estragos del poder? Las fotos que he visto de ella en el último foro de Davos revelan una transformación siniestra. Si la cara es el espejo del alma, Lagarde se ha convertido en una mujer arrogante, de mirada altiva y alma fría. Su dulzura y su bondad han desaparecido.

En estos tiempos que corren no hay muchos políticos que merezcan respeto y admiración. Por eso la metamorfosis de Christine Lagarde me tiene compungido. Una pérdida más en mi limitado universo de personas que merecen la pena.

 

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Nuestro nuevo presidente

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Jugando con las nuevas tecnologías de redes neuronales aplicadas al tratamiento de imágenes.

Para sus partidarios, si los hubiere, un tributo a sus sólidas convicciones, a su firmeza y a su resistencia política.

Para sus detractores, una interpretación libre de una cara dura como la piedra.

 

Cuando las élites no se quieren enterar

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Por fin ganó el Brexit. Una enormidad inesperada, que puede ser el presagio de un cambio más drástico, no sólo en el Reino Unido.

El pacto social que surgió en occidente después de la segunda guerra mundial se está rompiendo. Fue un pacto no escrito, que todos entendieron y aceptaron; la sociedad del bienestar. Las élites renuncian a una parte de sus privilegios, y a cambio la población renuncia a la revolución. El acuerdo funcionó porque la amenaza del comunismo, encarnado en la Unión Soviética, estaba bien a la vista.

Cuando la Unión Soviética se derrumbó, víctima de su propia incompetencia, las cosas cambiaron. Las élites empezaron a perder el miedo. Los privilegiados aumentaron sus privilegios y comenzaron a olvidar sus compromisos con el resto de la población. La economía se liberalizó y se globalizó. Durante unos años, el crecimiento económico permitió que el cambio pasara más o menos desapercibido.

El poder financiero se volvió cada vez más temerario. Su codicia le hizo asumir riesgos enormes, camuflados de formas cada vez más ingeniosas. Pirámides sofisticadas que se vinieron abajo en 2008. Las enormes pérdidas de esta hecatombe se nacionalizaron, dando lugar a un aumento enorme de la deuda pública. Los responsables del desaguisado no se dieron por aludidos. La desigualdad siguió aumentando.

Las revoluciones suceden cuando la gente se cansa de la indiferencia de los poderosos. La revolución francesa fue consecuencia del hartazgo de las clases populares y burguesas con una nobleza que las ignoraba y las sometía a condiciones de vida miserables. La revolución soviética no habría triunfado si la nobleza zarista no hubiera despreciado a su pueblo, aislada en una ensoñación feudal y afrancesada.

El régimen de las democracias occidentales está en crisis. Las élites se siguen enriqueciendo con impunidad, y cada vez más gente siente que su futuro se le escapa de las manos. Muchos están dispuestos a romper la baraja. Los populismos recogen ese cabreo, y lo alimentan con actitudes desafiantes y promesas imposibles. Portentos que están a la vista para quien quiera verlos. Estados Unidos elige a Trump como candidato republicano. Pablo Iglesias resulta creíble para una buena parte de la población española. Líderes como Marine Le Pen, Geert Wilders o Beppe Grillo se apuntan al bando oportunista de los tiempos revueltos.

No es una cuestión de lógica y sentido común. Tiene que ver con las expectativas, las percepciones y los sentimientos. Necesitamos un nuevo pacto social. Un nuevo “new deal” que la mayoría vea justo. Cuando tanta gente lo está pasando mal, no es justo que cada año aumente el número de millonarios. La desigualdad extrema alimenta el extremismo. Es fácil de entender. Tenemos que hacérselo entender a quienes no quieren enterarse.

El señor ministro no quiere paneles solares en tu casa.

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Estoy indignado. Se está tramitando un real decreto que contiene un auténtico disparate.

Te lo explicaré de forma sencilla. Imagina que quieres poner paneles solares en tu casa para que una parte de la electricidad que consumes sea energía renovable. Aún es caro, pero no tanto como hace unos años. Podría ser una buena idea.

Lo normal es que tus paneles solares sólo produzcan una parte de la electricidad que consumes, así que necesitarás también un contrato normal de electricidad para tener luz por la  noche.

Pues resulta que, además de la factura normal de la electricidad,  tendrás que pagar un recargo por cada kilovatio que produzcan tus paneles solares. Si además se te ocurre usar baterías para almacenar la energía que no consumas en el acto, tendrás un segundo recargo por el uso de esas baterías.

El resultado es que la energía de tus paneles solares será prohibitiva. Es una medida disuasoria injusta, un verdadero despropósito.

Un amigo me decía que es como si por tener una huerta en casa en la que cultivas algunos tomates te hicieran pagar un recargo sobre el precio de los tomates que compres en el supermercado. Si además guardas tus tomates en una nevera, el recargo será doble.

En un intento pueril por intentar justificar lo injustificable, el ministro ha explicado que es justo que los autoconsumidores contribuyan también a pagar los costes de disponibilidad del sistema, es decir la garantía de que tendrás electricidad si la necesitas.

A uno le viene a la cabeza esa vieja pregunta: ¿eres tonto o te lo haces? Es imposible que el señor Soria desconozca que en todas las facturas de electricidad hay dos conceptos principales: el término de consumo, que es el precio que pagas por los kilovatios que consumes, y el término de potencia, que es un precio fijo que pagas según la potencia que tengas contratada, independientemente de lo que gastes. El propósito de ese término de potencia es precisamente el de pagar los costes de disponibilidad de la red eléctrica.

Por cierto, el decreto contempla también subir a lo bestia ese término fijo de potencia, es decir lo que pagas aunque no gastes ni un solo kilovatio. El decreto del señor ministro responde también en eso a las expectativas de las grandes compañías eléctricas. Pero eso, amigos, es otra historia.

San Tarsicio

rivera3

santarsicio2Más que a Naranjito, Albert Rivera se parece a San Tarsicio, patrón de los monaguillos y ejemplo de valentía y fidelidad a sus principios. Aún no hemos comprobado su santidad pero queremos suponerla. Santidad laica y catalana, con una inocencia que muchos echamos de menos en estos tiempos tan oscuros y tan sucios.

El Tarsicio original se ganó la enemistad del emperador Valeriano. Albert no lucha contra un imperio cruel y sanguinario, pero sus enemigos son poderosos y taimados. Sus Ciudadanos están dispuestos a traernos un mensaje de decencia y justicia. Parece que la gente se lo agradece, porque necesitamos un poco de ilusión y queremos recuperar un país vivible. Dicen las encuestas que Ciudadanos se acerca ya a los porcentajes de los otros grandes partidos.

Tarsicio murió lapidado por sus compañeros. En este país de pedradas y navajazos, donde la política es casi siempre un negocio entre amiguetes, a Albert y sus Ciudadanos no les faltarán peligros. Pero a veces se gana jugando limpio, y son esas victorias difíciles las que pueden cambiar las reglas del juego y ayudarnos a construir un país que no nos avergüence.

Creo que me voy a afiliar a Ciudadanos.

En defensa de Ángela

Ante la situación desastrosa que estamos viviendo, la mayoría de las opiniones reclama a Alemania que relaje sus exigencias y permita al BCE financiar, de una u otra forma, nuestra deuda. Alemania, por el momento, se niega a hacerlo, y el resultado es una prima de riesgo desbocada que, con toda probabilidad, nos llevará a la necesidad de un rescate con la consiguiente intervención de nuestra economía por los temidos “hombres de negro”.

¿Por qué se niega Ángela Merkel a suavizar su postura? ¿Es su actitud fruto de la torpeza, de la ignorancia, o tal vez de un mezquino cálculo electoral? ¿Nos llevará con su cerrazón al precipicio de la desintegración del euro?

Tal vez me equivoque, pero confío en Alemania. Pienso, como parece pensar Ángela, que la solución a un exceso de deuda difícilmente se producirá si nos limitamos a aumentar, sin condiciones, esa misma deuda. Hace falta poner el país en orden, y no lo vamos a hacer si no nos obligan a ello.

Desde el punto de vista de Ángela somos un país irresponsable. Hemos permitido que gestores de tercera, apoyados por políticos de tercera, lleven a la ruina a la mitad de nuestro sistema bancario. Y lo hemos ocultado durante años, afirmando primero que era la mejor banca del mundo, y luego que estaba perfectamente sana. En marzo, el primer banco público anunciaba cientos de millones de beneficios, para pasar en pocas semanas a declarar miles de millones de pérdidas. ¿Quién puede confiar en un país así?

Desde el punto de vista de Ángela, es impensable abrir la mano con un país que mantiene a  cuatro millones de personas en empleos públicos, el doble que Francia, y cuya productividad está muy por debajo de la media de la Unión Europea. Un país en el que las comunidades autónomas gastan de forma irresponsable en aeropuertos sin aviones, proyectos faraónicos, trenes y autopistas a ninguna parte, edificios vacíos, y una miríada de empresas y fundaciones públicas sin utilidad conocida.

Mentimos reiteradamente en las cifras de déficit, tanto del Estado como de las regiones. Hacemos marrullerías con los presupuestos. Pagamos sueldos millonarios a consejeros semianalfabetos. Toleramos niveles de corrupción que nos acercan al tercer mundo. Ni un solo cargo político es destituido por ello. Ningún político importante ha sido aún juzgado y condenado por corrupción.

Desde el punto de vista de Ángela, para merecer su ayuda hemos de cambiar todo esto. Será doloroso, está siendo muy doloroso. Mucha gente pagará por culpas que no le corresponden. Toda Europa corre un riesgo cierto de que la situación se descarrile. Pero Ángela ya ha demostrado que es capaz de suavizar sus exigencias en los momentos  críticos.

La postura de Ángela, en su esencia, parte de una decisión moral. Recompensar un comportamiento irresponsable no puede ser la solución a ningún problema. No puedo evitar identificarme con esa opinión. Espero que dentro de unos años, cuando dejemos atrás el dolor y el miedo, España será un país más sano. Confío en Ángela. Ojalá no me equivoque.